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Enseñar magia, como ocurre con cualquier disciplina artística no es nada fácil. Por un lado hay que dominar los elementos técnicos, la base. Sin ella no vamos a ningún lado.

Y luego, como decía Leornardo Da Vinci, hay que dejar la técnica atrás. En sus propias palabras: «el arte es la superación de la técnica».

Aunar ambas facetas no es tarea fácil. Por eso y para que la curva de aprendizaje sea lo más suave y placentera posible, hace falta un profesor que aúne dos talentos: el artístico y el pedagógico. No basta con ser un buen mago. Ni siquiera con ser el mejor mago del mundo.

Para ser un buen profesor, en este caso de magia, hay que tener, en primer lugar, un conocimiento teórico y lo más enciclopédico posible del arte de la magia, de sus técnicas y de su historia. Además, hay que tener experiencia práctica y dominar la o las especialidades que pretendes enseñar.

Pero aún siendo un excelente mago teórico y un extraordinario mago práctico, todavía no es suficiente.

Necesitas, también, saber transmitir esos conocimientos. Y para ello debe entusiasmarte y divertirte la pedagogía de la magia.

Pero todavía no es suficiente.

Necesitas ser paciente, comprensivo y, sobre todo, inspirador con quien está aprendiendo. Tienes que ser capaz de hacer que el aprendizaje le divierta, le motive, y le suponga retos que sea capaz de superar para reforzarse y afirmarse como persona y también, en este caso, como mago. Debes comprender y adaptarte a las diferentes velocidades de aprendizaje de tus alumnos.

El objetivo del que enseña debe ser que su alumno se sorprenda a sí mismo de lo que es capaz de realizar, y conseguir que alcance un nivel que nunca soñó. Y finalmente, debe aprender a volar sólo, a desarrollar su imaginación y su creatividad.

Pero te voy a contar un pequeño secreto. Lo mejor de todo es que, cuando enseñas, aprendes: «Homines dum docent, discunt».

Es por eso que me dedico a enseñar magia. Me encanta aprender. Pero, ¡chist..! no se lo digas a mis alumnos, en ese caso tendría que ser yo quien les pagase…